Una vecina de la ciudad denunció al Presidente del Club Atlético Estudiantes de Olavarría, Juan Emilio Inçaurgarat, por maltrato. Lo hizo a través de la red social Facebook, donde señaló que el violento y angustiante episodio se registró el lunes 9 de febrero al momento de retirar a su hija de la institución.
Todo se desencadenó cuando la mujer quiso ingresar con el vehículo al lugar para que la menor no tenga que caminar tres cuadras sola hacia la salida en medio de la oscuridad, ya que la práctica de patín termina alrededor de las 21.30 horas, y se le negó el acceso por no ser socia de la entidad.
En este sentido, la mujer expresó que “se me impidió ingresar aún explicando que mi hija sí era socia, que es menor de edad y que soy su madre y representante legal. Aclaré, además, que por decisión familiar y acorde a su edad no tiene celular, por lo que no podía avisarle que yo estaba esperando afuera”.
A su vez, manifestó que al consultar los motivos de la medida “se me respondió que era una decisión del club, sin mayor explicación ni normativa escrita. Tras un intercambio incómodo con una persona que no se identificó, se resolvió que la profesora acerque a mi hija hasta la reja”.
Al respecto, remarcó que “durante más de siete años ingresé al club para acompañarla o retirarla sin inconvenientes. Tampoco se exige carnet en colonia, muestreos o eventos institucionales donde la presencia de familias -socias o no- nunca fue un problema”.
“La situación se agravó al retirarnos, cuando desde el auto me crucé con quien ejerce la presidencia de la Comisión Directiva (quien durante la discusión se presentó como un simple colaborador)”, relató y continuó: “Al manifestarle mi desacuerdo con esta decisión y que iba a hacer pública mi disconformidad con la misma, comenzó a gritarme, a invadir reiteradamente el interior de mi vehículo y a exigirme información personal, todo delante de mi hija de otras dos niñas menores que se encontraban conmigo”.
En esta misma línea, explicó que durante el episodio “no insulté ni levanté la voz, justamente por la presencia de las menores. Sin embargo, los gritos, los destratos e insultos continuaron, sin que ningún adulto interviniera para frenar una escena claramente violenta e inapropiada”.
Hacia el final del descargo, consideró que “un club puede -y debe- cuidar a sus socios menores, pero también debe garantizar que puedan ser retirados por sus representantes legales con criterios claros, razonables y respetuosos. Si existe una aplicación para controlar pagos, también puede existir un registro de adultos autorizados si la preocupación real es la seguridad”.
“No escribo esto esperando disculpas. Tampoco ignoro los riesgos de exponerme. Pero callar, en tiempos donde la empatía, el cuidado, el rol de la familia y los derechos de los niños, niñas y adolescentes parecen importar cada vez menos, no es una opción para mí. Ojalá ninguna otra familia tenga que atravesar una situación similar”, cerró.

